— "¿No puedes hacer algo con respecto a ese reloj, mulá Nasrudín?"
— "¿Qué?"
— "Bueno, nunca está bien, nunca marca la hora correcta... cualquier cosa que hicieras sería una mejora al respecto."
El mulá Nasrudín tomó un martillo y lo golpeó con él. Y el reloj se detuvo.
— "Tienes razón, ¿sabes?", dijo Nasrudín. "Esto realmente constituye una mejora."
— "Yo no quise decir literalmente cualquier cosa. ¿Cómo puede estar mejor ahora que antes?"
— "Bueno, verás, antes de que yo lo detuviera nunca estaba correcto. Ahora está correcto dos veces al día, ¿no es verdad?"
En cierta ocasión se quejaba un discípulo a su Maestro: «Siempre nos cuentas historias, pero nunca nos revelas su significado» El Maestro le replicó: «¿Te gustaría que alguien te ofreciera fruta y la masticara antes de dártela?»
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Una mejora
Se vende de todo
Un día Nasrudin entró a la tienda de un hombre que vendía toda clase de objetos.
- "¿Tienes cuero?"
- "Sí"
- "¿Y tachuelas?"
- "Sí"
- "¿Y tintura?"
- "Sí"
- "Entonces, ¿por qué no te haces un par de botas?"
La perfección
Nasrudín conversaba con un amigo.
- "Entonces, ¿Nunca pensaste en casarte?"
- "Sí pensé" -respondió Nasrudín.
- "En mi juventud, resolví buscar a la mujer perfecta. Crucé el desierto, llegué a Damasco, y conocí una mujer muy espiritual y linda; pero ella no sabía nada de las cosas de este mundo."
- "Continué viajando, y fui a Isfahan; allí encontré una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita."
- "Entonces resolví ir hasta El Cairo, donde cené en la casa de una moza bonita, religiosa, y conocedora de la realidad material."
- "¿Y por qué no te casaste con ella?"
- "¡Ah, compañero mío! ¡Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto!"
¿Saben de qué les voy a hablar?
Esta historia comienza cuando Nasrudín llega a un pequeño pueblo en algún lugar lejano de Medio Oriente.
Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudín, que en verdad no sabía qué decir, porque él sabía que nada sabía, se propuso improvisar algo y así intentar salir del atolladero en el que se encontraba.
Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:
- "Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán que es lo que yo tengo para decirles."
La gente dijo:
- "No... ¿qué es lo que tienes para decirnos?. No lo sabemos ¡Háblanos! ¡Queremos escucharte!"
Nasrudín contestó:
- "Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber qué es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo."
Dicho esto, se levantó y se fue.
La gente se quedó sorprendida. Todos habían venido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Habría sido un fracaso total, si no fuera porque uno de los presentes (nunca falta uno), mientras Nasrudín se alejaba, dijo en voz alta:
-¡Qué inteligente!
Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice : "¡qué inteligente!", para no sentirse un idiota, uno repite: "¡sí, claro, qué inteligente!". Y entonces, todos empezaron a repetir:
- "Qué inteligente."
- "Qué inteligente."
Hasta que uno añadió:
- "Sí, qué inteligente, pero... qué breve."
Y otro agregó:
- "Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo nosotros vamos a venir acá sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos que hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que de una segunda conferencia."
Entonces fueron a ver a Nasrudín. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia.
Nasrudín dijo:
- "No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos."
La gente dijo:
- "¡Qué humilde!"
Y cuanto más Nasrudín insistía en que no tenía nada para decir, con mayor razón la gente insistía en que querían escucharlo una vez más. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudín accedió a dar una segunda conferencia.
Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia anterior. Nasrudín se paró frente al público e insistió con su técnica:
- "Supongo que ustedes ya sabrán qué he venido a decirles."
La gente estaba avisada para cuidarse de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; así que todos dijeron:
- "Sí, claro, por supuesto lo sabemos. Por eso hemos venido."
Nasrudín bajó la cabeza y entonces añadió:
- "Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir."
Se levantó y se volvió a ir.
La gente se quedó estupefacta; porque, aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó:
- "¡Brillante!"
Y cuando todos oyeron que alguien había dicho: "¡brillante!", el resto comenzó a decir:
- "¡Sí, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer!"
- "Qué maravilloso"
- "Qué espectacular"
- "Qué sensacional, qué bárbaro"
Hasta que alguien dijo:
- "Sí, pero... mucha brevedad."
- "Es cierto", se quejó otro
- "Capacidad de síntesis", justificó un tercero.
Y en seguida se oyó:
- "Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos de más de su sabiduría!"
Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudín para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudín dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenia conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenía que regresar a su ciudad de origen.
La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenie, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudín aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia.
Por tercera vez se paró frente al publico, que ya eran multitudes, y les dijo:
- "Supongo que ustedes ya sabrán de qué les voy a hablar."
Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo:
- "Algunos sí y otros no."
En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudín con la mirada.
Entonces el maestro respondió:
- "En ese caso, los que saben... cuéntenles a los que no saben."
Se levantó y se fue.
Las armas de Nasrudín
Mulá Nasrudín inicio un viaje hacia tierras lejanas, motivo por el cual se consiguió una cimitarra y una lanza. En el camino, un bandido cuya única arma era un bastón, se le echó encima y lo despojó de sus pertenencias.
Cuando llegó a la ciudad mas próxima, el Mulá contó su desgracia a sus amigos, quienes le preguntaron como había sucedido que él, estando armado con una cimitarra y una lanza, no hubiera podido dominar a un ladrón armado con un modesto bastón.
Él replicó:
- "El problema fue precisamente que yo tenía las dos manos ocupadas, una con la cimitarra y la otra con la lanza. ¿Como creen ustedes que hubiera podido salir airoso?"
La llave de Nasrudín
Cuentan que un día estaba el mulá Nasrudín en la calle, a cuatro patas, buscando algo, cuando se le acercó un amigo y le preguntó:
- "Mulá, ¿qué buscas?"
Y él le respondió:
- "Perdí mi llave."
- "¡Oh, Mulá, qué terrible!... Te ayudaré a encontrarla."
Se arrodilló y luego preguntó:
- "¿Dónde la perdiste?"
- "En mi casa."
- "Entonces, ¿por qué la buscas aquí afuera?"
- "Porque aquí hay más luz."
El sueño
El hijo de Mulá Nasrudín fue a ver a su padre y le dijo:
- "Esta noche he soñado que me dabas quinientos afganis."
- "Pues bien", dijo Mulá, "como eres un hijo sensato, estos quinientos afganis que te he dado en sueños no te pediré que me los devuelvas... puedes guardártelos y comprarte lo que te apetezca."
Los granjeros a los que se les daban bien los números
De entre todos los pueblos que el mulá Nasrudin visitó en sus viajes, había uno que era especialmente famoso porque a sus habitantes se les daban muy bien los números. Nasrudín encontró alojamiento en la casa de un granjero. A la mañana siguiente se dio cuenta de que el pueblo no tenía pozo. Cada mañana, alguien de cada familia del pueblo cargaba uno o dos burros con garrafas de agua vacías y se iban a un riachuelo que estaba a una hora de camino, llenaban las garrafas y las llevaban de vuelta al pueblo, lo que les llevaba otra hora más.
- "¿No sería mejor si tuvieran agua en el pueblo?", preguntó Nasrudín al granjero de la casa en la que se alojaba.
- "¡Por supuesto que sería mucho mejor!", dijo el granjero. "El agua me cuesta cada día dos horas de trabajo para un burro y un chico que lleva el burro. Eso hace al año mil cuatrocientas sesenta horas, si cuentas las horas del burro como las horas del chico. Pero si el burro y el chico estuvieran trabajando en el campo todo ese tiempo, yo podría, por ejemplo, plantar todo un campo de calabazas y cosechar cuatrocientas cincuenta y siete calabazas más cada año."
- "Veo que lo tienes todo bien calculado", dijo Nasrudín admirado. "¿Por qué, entonces, no construyes un canal para traer el agua al río?"
- "¡Eso no es tan simple!", dijo el granjero. "En el camino hay una colina que deberíamos atravesar. Si pusiera a mi burro y a mi chico a construir un canal en vez de enviarlos por el agua, les llevaría quinientos años si trabajasen dos horas al día. Al menos me quedan otros treinta años más de vida, así que me es más barato enviarles por el agua."
- "Sí, ¿pero es que serías tú el único responsable de construir un canal? Son muchas familias en el pueblo."
- "Claro que sí", dijo el granjero. "Hay cien familias en el pueblo. Si cada familia enviase cada día dos horas un burro y un chico, el canal estaría hecho en cinco años. Y si trabajasen diez horas al día, estaría acabado un año."
- "Entonces, ¿por qué no se lo comentas a tus vecinos y les sugieres que todos juntos construyáis el canal?
- "Mira, si yo tengo que hablar de cosas importantes con un vecino, tengo que invitarle a mi casa, ofrecerle té y halva, hablar con él del tiempo y de la nueva cosecha, luego de su familia, sus hijos, sus hijas, sus nietos. Después le tengo que dar de comer y después de comer otro té y él tiene que preguntarme entonces sobre mi granja y sobre mi familia para finalmente llegar con tranquilidad al tema y tratarlo con cautela. Eso lleva un día entero. Como somos cien familias en el pueblo, tendría que hablar con noventa y nueve cabezas de familia. Estarás de acuerdo conmigo que yo no puedo estar noventa y nueve días seguidos discutiendo con los vecinos. Mi granja se vendría abajo. Lo máximo que podría hacer sería invitar a un vecino a mi casa por semana. Como un año tiene sólo cincuenta y dos semanas, eso significa que me llevaría casi dos años hablar con mis vecinos. Conociendo a mis vecinos como les conozco, te aseguro que todos estarían de acuerdo con hacer llegar el agua al pueblo, porque todos ellos son buenos con los números. Y como les conozco, te digo, que cada uno prometería participar si los otros participasen también. Entonces, después de dos años, tendría que volver a empezar otra vez desde el principio, invitándoles de nuevo a mi casa y diciéndoles que todos están dispuestos a participar."
- "Vale", dijo Nasrudín, "pero entonces en cuatro años estarías preparados para comenzar el trabajo. ¡Y al año siguiente, el canal estaría construido!"
- "Hay otro problema", dijo el granjero. "Estarás de acuerdo conmigo que una vez que el canal esté construido, cualquiera podrá ir por agua, tanto como si ha o no contribuido con su parte de trabajo correspondiente."
- "Lo entiendo", dijo Nasrudín . "Incluso, si quisierais, no podríais vigilar todo el canal."
- "Pues no", dijo el granjero. "Cualquier caradura que se hubiera librado de trabajar, se beneficiaría de la misma manera que los demás y sin coste alguno."
- "Tengo que admitir que tienes razón", dijo Nasrudín.
- "Así que, como a cada uno de nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escabullirnos. Un día el burro no tendrá fuerzas, el otro el chico de alguien tendrá tos, otro la mujer de alguien estará enferma, y el niño, el burro tendrán que ir a buscar al médico.
Como a nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escurrirnos el bulto. Y como cada uno de nosotros sabe que los demás no harán lo que deben, ninguno mandará a su burro o a su chico a trabajar. Así, la construcción del canal ni siquiera se empezará."
- "Tengo que reconocer que tus razones suenan muy convincentes", dijo Nasrudín. Se quedó pensativo por un momento, pero de repente exclamó:
- "Conozco un pueblo al otro lado de la montaña que tiene el mismo problema que ustedes tienen. Pero ellos tienen un canal desde hace ya veinte años."
- "Efectivamente", dijo el granjero, "pero a ellos no se les dan bien los números."
El pato de Nasrudín
Cierto día, un campesino fue a visitar a Nasrudin, atraído por la gran fama de éste y deseoso de ver de cerca al hombre más ilustre del país. Le llevó como regalo un magnífico pato.
El Mulá, muy honrado, invitó al hombre a cenar y pernoctar en su casa. Comieron una exquisita sopa preparada con el pato. A la mañana siguiente, el campesino regresó a su campiña, feliz de haber pasado algunas horas con un personaje tan importante.
Algunos días mas tarde, los hijos de este campesino fueron a la ciudad y a su regreso pasaron por la casa de Nasrudin.
- "Somos los hijos del hombre que le regaló un pato", se presentaron. Fueron recibidos y agasajados con sopa de pato."
Una semana después, dos jóvenes llamaron a la puerta del Mulá.
- "¿Quiénes son ustedes?"
- "Somos los vecinos del hombre que le regaló un pato."
El Mulá empezó a lamentar haber aceptado aquel pato. Sin embargo, puso al mal tiempo buena cara e invitó a sus huéspedes a comer.
A los ocho días, una familia completa pidió hospitalidad al Mulá.
- "Y ustedes, ¿quiénes son?"
- "Somos los vecinos de los vecinos del hombre que le regaló un pato."
Entonces el Mulá hizo como si se alegrara y los invitó al comedor. Al cabo de un rato, apareció con una enorme sopera llena de agua hirviendo y llenó cuidadosamente los tazones de sus invitados. Luego de probar el liquido, uno de ellos exclamó:
- "Pero... ¿qué es esto, noble señor? ¡Por Alá que nunca habíamos visto una sopa tan desabrida! "
El Mulá Nasrudin se limitó a responder:
- "Ésta es la sopa de la sopa de la sopa de pato que con gusto les ofrezco a ustedes, los vecinos de los vecinos de los vecinos del hombre que me regaló el pato."
La vela en la oscuridad
Nasrudín estaba tranquilamente charlando con un amigo en casa de éste cuando la noche les sorprendió.
- "Oscurece", dijo el amigo, "no se ve ya gran cosa. ¡Enciende una vela!Tienes una a tu izquierda"
- "¿Cómo puedo distinguir mi derecha de mi izquierda en la oscuridad?", replicó Mulá.
El abrigo de Mulá
Al bajar de la terraza de su casa, donde acababa de hacer la siesta, Nasrudín da un traspiés al pisar un escalón y rueda escaleras abajo.
- “Pero ¿qué pasa?” - le grita su mujer que, desde la cocina, ha oído el ruido de su caída.
- “Nada importante” - responde Nasrudín, poniéndose en pie como puede
- “Ha sido mi abrigo que se ha caído por la escalera.”
- “¿Tu abrigo?.. pero ¿y ese ruido?”
- “El ruido ha sido porque yo iba dentro.”
La falacia de la comparación
El mulá Nasrudín iba vestido con una túnica harapienta y sucia. El gobernante lo increpó:
- "¿Cómo te atreves a presentarte ante mí en ese estado de suciedad? ¿Es que no te da vergüenza?"
- "Siempre estoy relativamente limpio", contestó Nasrudín. "En mi alforja guardo otra túnica y me la pondré cuando la que visto ahora esté más sucia que ésta."
- "Pero ¿cuándo las lavas?"
- "Nunca. Cada vez que la túnica que estoy usando está más sucia que la llevo en mi alforja, me la cambio. ¡Siempre estoy relativamente limpio!"